Dr. Ciro Zapata Lara
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Miguel Zapata Rosas
Director
Casa de Cultura
Dr Ciro Zapata Lara
Zacapala, Puebla

¡ADIOS AMIGO CIRITO!

Queriendo ubicar una imagen en aquellas noches tan lejanas, cuando los hermanos que ahora somos viejos éramos unos niños, lejos de parecerme monótonas y tristes, sin luz eléctrica, solo un candil de petróleo en el molendero, mi madre lo subía sobre un bote para que alumbrara mejor su cocina, me siguen pareciendo hermosas e inolvidables. Cuando mi madre llamaba a cenar, todos acudíamos sea lo que fuere que estábamos haciendo. Cada uno de nosotros tenía su lugar en torno a la mesa, su silla o su banco, pero nadie invadía el espacio ajeno. Tampoco nadie pedía su cena antes o después. Si no querías alimentos de todos modos te sentabas, tomabas una taza de té y acompañabas en la plática de  sobremesa. Estas pláticas aun cuando fueran de cosas comunes y sencillas, eran importantes, pues mantenían el lazo familiar, mi padre nos decía que así había sido en tiempos de su padre y fue lo que les ayudo a que todos los hermanos se apoyaran en todo momento y circunstancia. Había tantas cosas que contar: Yo ya aprendí a nadar, le gane a Julia. Fíjate que a José lo tumbo el burro. O que A Miguel se le escapo la yegua. Siempre había algo que celebrar y de que reírse. Esta vez mi madre dijo: -Oyes Cirito, ¿Ya les contaste lo que te paso con tu amigo José?

-No se. Parece que no.

Todos guardamos completo silencio. Si mi madre proponía el tema, es que era interesante. Entonces mi padre comenzó así su relato:

Esto no tiene mucho que aconteció. Serán unos dos o tres años.

El tío Aniceto, en pago de una yunta que le presto para que cultive su parcela de temporal,  me hace una siembra de seis maquilas en su misma parcela que tiene por allá en el Agua Azul. Casi siempre que iba a darle vuelta a esa siembra, me encontraba con un muchacho hermano de Aniceto, se llamaba José Martínez Tobón. Nos hicimos muy amigos. Yo recorría mi siembra y él me acompañaba, después yo me sentía en la obligación de también acompañarlo en el recorrido que hacia en su parcela. Nos alegrábamos, este había sido un año abundante, la milpa estaba jiloteando, colgaban los racimos de ejotes y las calabazas como globos brillantes la veíamos por doquier. Cuando pasábamos junto a uno de esos manchones tupidos por las guías de calabaza me dijo: Mira, aquí están saliendo unas pero muy bonitas, de estas te voy a dar una, nomás que crezca otro poquito, porque creo que allá contigo no hay así de buenas.

Yo iba a diario a la siembra para juntar la milpa que tiran los coyotes y otros animales en busca de elotes, este zacate me serbia para darle a los burros y al caballo. Pero ya tenía días que no me encontraba con José. Una mañana mientras juntaba el zacate maltratado, vi a José caminar entre su siembra, y me hizo sellas llamándome. Cuando ya me acercaba al lugar lo vi salir de aquel tupidero de guías de calabaza, trayendo en las manos una muy bonita, y dándomela me dijo: Es la que te prometí. Yo la tome muy agradecido. Entonces él como despedida me dijo: Adiós, Amigo Cirito. Yo me volví pero en la mente se me quedo grabada esa afirmación, me pareció que había exagerado en el hablar. Éramos amigos, pero  no había por que resaltarlo. Siempre nos despedíamos con un simple adiós. Bueno, yo quise olvidar el detalle. Cuando llegue a casa  y descargue el burro, con la calabaza en las manos entre aquí a la cocina, su mama ya estaba terminando de hacer el almuerzo y le dije:...Mira que bonita calabaza, me la regalo José.

Ella entre incrédula y sorprendida me dijo:

-¡Como dices! ¿Qué José te regalo esta calabaza? ¿Horita, esta mañana?

-¡Si, claro! ¡Nos encontramos allá en la milpa y me la dio!

¡Es que no puede ser!  José esta tendido! ¡Falleció anoche!

Sentí que un balde de agua fría me caía encima. No pude contestar. Enmudecí. Perturbado tome mi sombrero y salí. No dije a donde iba, y ni hacia falta. Mi esposa bien sabía a donde iría yo. ¡Tenia que ver a mi amigo!  Entre incrédulo y asombrado me fui acercando a la casa. Unas personas entraban al patio cargando unas sillas. Otras con un ramo de flores. ¿Qué duda cabria? Aun turbado me fui acercando a la puerta. La casita con techo de palma era pequeña. ¡Allí sobre una meza con los pies sobresaliendo estaba tendido mi amigo! Sentí un nudo en la garganta. Los pies me temblaron. Me detuve del horcón de la puerta y sin querer, comencé a llorar. Cuando me repuse un poco me separe y camine por el patio. Me llamo Aniceto que con su hermano Epitacio estaban sentados en un banco y me dijo alargándome una botella: -Tomate un trago, te hará bien. Y acepte. Cuando les conté mi aventura uno de ellos dijo: -Fíjate que también se fue a despedir de tío Ángel Tobón, pues dice que lo vio entrar. No le hablo. Solo lo vio llegar. Yo digo que fue a despedirse.

-En esto de la muerte, hay tantos misterios que nunca entenderemos. Dijo mi madre y él agrego: -Quizás si, cuando nosotros también hayamos muerto.

 

Fin