Dr. Ciro Zapata Lara
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Miguel Zapata Rosas
Director
Casa de Cultura
Dr Ciro Zapata Lara
Zacapala, Puebla

LA BELLA LEONILA

Esta leyenda recoge la historia de un apasionado romance que tuvo lugar  en una época ya olvidada.

Leonila fue una jovencita a quien la naturaleza quiso dotar de singular belleza y gracias especiales. Al vivir en contacto diario con la naturaleza, adquirió el don de admirar la inmensa belleza que de ella se desprende. Solía detenerse a acaricias los lirios y rosales cubiertos de roció, o a escuchar con atención el canto  del cenzontle. La felicidad de sus padres era grande al verla reír  con los niños  con quien gustaba de inventar juegos y contar hermosas historias.



La Bella LeonilaMontada en su yegua preferida salía por las mañanas para ahuyentar  a los animales intrusos que se metían a los maizales, se apeaba del caballo para acariciar con ternura los becerros recién nacido, o bien para llenarse el alma de alegría al ver los potrillos retozar por la pradera. Esta vez la bella Leonila, inmersa en su mundo campestre,  ignoraba la escena que tenia lugar en su rancho, donde un joven apuesto y varonil al platicar con sus padres había terminado por hacerles su mas intima confesión: He podido observar a Leonila cada vez que acude al templo, tanto, que he quedado prendado de su hermosura, les ruego me permitan visitar el rancho, nos conozcamos, y al menos podamos ser amigos.

-.Conozco bien a tu familia muchacho y me agrada tu sinceridad. Dijo el padre y la madre agrego: tu madre es muy amiga mía. Eres bienvenido, pero por favor, ¡No lastimes a mi hija!

-Se lo prometo señora, seré todo un caballero.

-Eso esperamos de ti Horacio, porque has de saber  que nuestra hija, es el tesoro más grande que tenemos en la vida.

-Ho, que suerte muchacho, Leonila viene llegando, su yegua siempre arma un escándalo cuando se va acercando  a la casa.

Caminaron un poco para situarse frente a la entrada principal. Leonila que gustaba de alegrar a sus  padres, dio una vuelta galopando en circulo por el patio, rayó la  yegua frente a la entrada principal y de un salto bajo de la montura. Leonila ignoraba que había unos ojos negros de mirar profundo, pendientes de  sus movimientos, que ya  nunca mas podrían apartarse de ella.

Lo que en esta pareja de jóvenes comenzó como una bonita amistad, a poco tiempo los llevó a un mutuo enamoramiento. Además, los padres y familiares de ambos jóvenes, veían con agrado esta bonita relación y auguraban, que si decidieran confírmala con el matrimonio,  ese noviazgo  que había podido crecer en la confianza y respeto mutuo, los llevaría a una unión   estable y duradera.

Solo que cerca de ellos había también mentes malévolas que envidiando su dicha, fraguaban siniestros planes para destruir su felicidad.

Leonila fue sorprendida al atardecer cuando recolectaba frutos del huerto cercano  a su rancho. Sus agresores tuvieron que usar la violencia y fuerza bruta para someterla. Después, en el curso de aquella noche lluviosa  fue llevada por barrancos y montes espesos y obscuros. Perdió por completo la orientación y la sucesión de las horas. Solo supo que la hacían entrar a una cueva húmeda, guiados por la luz que emitía la lámpara de pilas que uno de los hombres portaba en la mano. Los murciélagos huían heridos por los rayos de luz.  Su opresor le indico una roca para que se sentara, y asistido por otro de sus secuaces  se ocuparon de encender una hoguera a la entrada de la cueva.  La leña por estar mojada despedía mas humo que flamas lo que provoco un acceso de tos en casi todos los presentes, incluso Leonila que se encontraba mas alejada, por lo que buscando un poco de aire fresco quiso acercarse a la entrada de la cueva, pero su opresor le dio un fuerte empeñón, maltrecha fue a dar cerca de donde antes estaba. ¡Cuidado pequeña! ¡No te quieras pasar de lista! Por si no lo sabes, esta hoguera es para ahuyentar a los lobos que habitan esta cueva. Leonila no contesto, se limito a observar su espacio. La luz quebradiza de las hoguera  solo le permitía ver las paredes rocosas por donde resbalaban hilillos de agua, que humedecían el estiércol acumulado que dejaban los habitantes de la caverna, de donde se desprendía un olor fuerte y nauseabundo.  Observaba  sumamente preocupada a sus raptores, eran tres, ahora las flamas de la hoguera daba a sus rostros un aspecto grotesco y siniestro. Les conocía. Les vio apurar una botella de aguardiente. Cada vez crecía su angustia. Sabía que no tenía escapatoria, pero en sus adentros rogaba a Dios le concediera la salvación. Se aferraba a un débil hilo de esperanza aunque cada vez  le pareciera más remoto, inalcanzable. Recordó las pláticas de sus padres. Estos individuos habían participado en varios asaltos a mano armada, se sospechaba que eran culpables de la muerte de un pastor, a quien sus agresores dejaron mal herido en el campo al robarle su ganado. Pero sabia que quien ahora se había empeñado en su captura era  “El Tlacuache”, una vez se atrevió a atacarla mientras lavaba unas de sus prendas en el río que cruzaba su rancho, pero la sorpresiva llegada de Mauricio la salvo, haciendo que El Tlacuache huyera veloz entre el monte. ¡Pero ahora no había un Mauricio que la salvara! Mientras oraba apretaba entre sus manos la medalla de la Virgen que su madrina le había regalado como recuerdo  de su Primera Comunión. Entre palabras sarcásticas y burlonas uno de los hombres dijo al Tlacuache:

- Pá que veas que semos riatas, pos hay te dejamos la palomita pá ti solo. Nosotros ya cumplimos.

-Temprano te traimos otro pomo y el itacate.

Nuevamente en su alma brillo la esperanza. Al Tlacuache le sería difícil someterla. ¡Moriré luchando! Se dijo.  Pero se desanimo al escuchar:

-¡Espérense tantito! Nomás ayúdenme a amarrarle las manos a esta potranquita, porque parece muy arisca.
 
_¡No seas cobarde Tlacuache! ¡Para que me vas a amarrar las manos! Como quiera que sea ya me trajiste. Ya estoy aquí contigo. ¡Ya déjalos que se vallan!  Yo estoy de acuerdo en ser tuya. Y venciendo su repugnancia abrazo al Tlacuache y le dio un beso. Visiblemente perturbado el jefe hizo un ademán a sus hombres para que lo  dejaran solo con su presa. Y los hombres obedecieron.  ¡En el corazón de Leonila brillo un rayito de esperanza! Se sentó en una saliente de la roca, le imito el Tlacuache acercándose a ella para hacerle una caricia.

-Tengo frío. Dame un trago de aguardiente. Tú estas tome y tome y a mí ni en cuenta me tienes.

-¡Ho preciosa! ¿Entonces también tomas?

-¡Claro! Y del fuerte.

El hombre se levanto y fue por la botella, la habían dejado cerca de la hoguera cuya flama empezaba a debilitarse. Cuando Leonila tuvo la botella en la mano y comprobó su contenido, entendió que aquella botella podía ser su salvación. ¡Tenía que seguir obrando con astucia y suma cautela! Amparada por las sombras fingió tomar, retuvo un trago en su boca y lo escupió diciendo: Esos entupidos te trajeron un vino muy corriente. Pero pos aquí no hay de otro. Ven Siéntate conmigo, vamos a tomar.

-No muchacha. Yo ya tome mucho.

-Pero yo quiero tomar. Si tomas con tus amigotes. ¿Por qué conmigo no! Y se empino la botella fingiendo tomar de su contenido, paso un brazo por sobre los hombros del hombre y mientras le  ponía la botella en las manos  le dijo:

¿Te acuerdas de aquella vez que me encontraste con el agua a la cintura lavando mi ropa? Aquel hombre como herido por el recuerdo interrumpió su trago y su rostro salpicado de pelos hirsutos y barba lampiña, dejo escapar un remedo de carcajada siniestra. Leonila se atemorizo. Pero sobreponiéndose continúo:

-Pues desde entonces te hubiera complacido, nomás porque ese Mauricio llego a interrumpirnos. Haber, dame otro trago.
 
Leonila se había dado cuenta que El Tlacuache tenía una gran debilidad por el vino, y que era de esos hombres que cuando empiezan a tomar, ya no pueden detenerse. ¡Tenía que hacer que siguiera tomando! Pero quedaba poco vino.  En las cercanías de la cueva lobos y coyotes aullaban. La flama de la hoguera se estaba extinguiendo. 

¡Oye Tlacuache los lobos! ¿No vendrán a meterse a la cueva?

-No,…pos…como crees.  Ellos si, si sienten…que hay g…gente y no..no se atreven, y temen la, la lumbre.

-Pero la lumbre ya casi se apago, solo quedan brazas.

- Hay  quedan,  unos leños y ramas, se los  voy… a echar. .. pero …horita  vente que se…se me hace tarde por tener tu…tu cuerpecito.

Y con manos torpes trato de atraer asía  si a la muchacha. Ella no sabía ya que hacer para distraerlo. Para quitarse esas sucias manos de encima.
-Espera, mira, ¿Quieres que me quite algo de ropa?

-¡Haber, haber!

Ella se fue liberando de las garras de su opresor, levemente se puso de pie y fue desabrochando su blusa. El Tlacuache quedo embebido por esa piel que vía brillar a la débil luz de la hoguera.

 

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