Dr. Ciro Zapata Lara
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Miguel Zapata Rosas
Director
Casa de Cultura
Dr Ciro Zapata Lara
Zacapala, Puebla

LA CONFESIÓN

Aun cuando este  sacerdote había acho amistad con la mayoría de sus feligreses, la tenia en un modo especial con mis padres. Y esta amistad nació desde su llegada a este pueblo, ya que mi padre fue su sacristán en sus dos primeros años. Fue quien se ofreció para acompañar a “pedir la novia”, los caso y bautizo a sus tres primeros hijos. Pero ahora su hermana María que le ayudaba mucho  en la catequesis había enfermado, y con el propósito de que recuperara la salud, la convenció de que regresara a su casa, por lo que vivía solo  y frecuentemente llegaba a comer con nosotros.

Una noche se quedo platicando con mi padre después de la cena,  lo cual no era nada raro que hicieran. Esa noche le dijo a mi padre “Cirito quisiera contarte algo”.

-Usted sabe padre Abundio que lo respeto, y me alegra merecer su confianza.

-Es algo muy delicado que solo debería decirle a mi Obispo, pero estoy tan impresionado, tan inquieto, y a pesar de haberme pasado toda la madrugada frente al sagrario y ya haberme tranquilizado un poco, aun me asalta el desasosiego y siento la necesidad de con alguien sacar lo que llevo dentro

-Veras Cirito. Yo  estaba tan cansado con los preparativos de esta semana Santa, que anoche, tan pronto me acosté quede profundamente dormido. No puedo precisar la hora, pero debió ser a eso de las dos o tres de la mañana en que alguien me despertó. Yo me sorprendí  por que siempre dejo bien cerradas las puertas, y este no me hablaba de afuera, sino allí junto ami cama. Busque los cerillos para prender el quinqué, pero me dijo:

Padre, no es necesario que prenda la luz… yo solo vine a confesarme..y no dispongo de mucho tiempo.

-¿Dices que a confesarte?... aquí y ahora?...

-Mire padre. Yo soy del rancho san miguel y hace unos momentos que acabo de morir, pero toda mi vida día y noche rogué a  la Purísima que me alcanzara de su hijo Jesús una gracia, que no permitiera que muriera sin el auxilio de la confesión, fue así que dios escucho mí suplica, y aunque unos malhechores violentaron mi muerte, El me concede a acudir al sacerdote mas cercano para confesarme. De la silla que tengo junto a la cama, tome la estola, me la puse y oí en confesión…. De momento no sentí temor. No  sentí miedo de lo que sucedía. Fue después, cuando me quede solo. En la penumbra como pude fui abriendo las puertas de la prisa que llegue hasta el sagrario. Allí estuve postrado por horas, hasta que Aniceto repico las campanas llamando a misa. Lo extraño es que me quedo una molestia y u n adormecimiento de este lado de la oreja izquierda. El sacerdote perdió el oído y su estado general d e salud comenzó a desmerecer, pero aun le falta pasar por otra experiencia no menos impresionante.

 

Fin