Dr. Ciro Zapata Lara
correo electronico facebook twitter

Miguel Zapata Rosas
Director
Casa de Cultura
Dr Ciro Zapata Lara
Zacapala, Puebla

LA NIÑA ENGRACIA

Por muchos años los padres contaron a sus hijos la triste historia de la niña Engracia, y como los sucesos corren veloces de boca en boca, también se comentaba en los pueblos cercanos. Seguramente vivió en la parte norte del pueblo y no muy lejos de la iglesia, la historia empieza diciendo que siendo muy pequeña perdió a su madre, y que su padre del que tampoco se sabe el nombre, era un hombre muy responsable y trabajador, pues aun cuando algunas personas caritativas se ofrecían cuidar de la niña, solo se las encargaba por unas horas, por hacer lo mas indispensable en su trabajo y corría a estar al lado de su hija. Era joven pero nunca se volvió a casar, su hijita era todo su cariño, era para “ el hombre “ como lo llamó la gente lo mas hermoso y valioso que tenia en la vida. Los vecinos se acostumbraron a ver el padre e hija correr y reír alegres jugando en el patio de la casa con una pelota que había comprado en la feria, la niña crecía alegre y sonriente, pues de su padre recibía todo el cariño que un niño necesita para ser feliz.

El patio de la casa de la niña Engracia se convirtió en el centro de reunión de los niños y jóvenes de las familias vecinas, que por las tardes acudían a jugar y divertirse en los muchos columpios que su papá había colgado de los árboles que circundaban el patio. Todos sabían que diariamente sola o acompañada de sus amigas, la niña Engracia bajaba por la vereda de el Xicomelt a traer agua del río, y regar las muchas plantas que tenia en su patio, y a cada mañana la oían cantar mientras pasaba por la calle llevando su ramo flores al templo. Se había ganado la simpatía de todos que veían en ella una jovencita ejemplar.

Pero no toda la gente que estaba llegando al pueblo era buena. también llegaban malosos  y cuatreros de conducta despreciable. Aconteció que un día ya entrada la tarde, la niña Engracia  no quiso que se padre encontrara la tinaja sin agua, y con su cántaro a la espalda bajo como lo hacia a diario, por la empinada vereda del Xicomelt , donde sorpresivamente fue atacada por un desalmado, quien para someterla , se puso a golpearla con una vara nudosa, y aunque luchara por huir, la subida es empinada y resbalosa,  y por la distancia sus gritos no fueron oídos por los distraídos vecinos de lo alto. Fue un grupo de hombres que venían de la pizca que se dieron cuenta y acudieron en su rescate.
 
El desvergonzado individuo lejos de ocultar su pecado, se planto altanero ante ellos para jactarse de su fechoría, por lo que los señores muy indignados se le fueron encima con piedras y palos, el sujeto les amenazaba con su machete y mientras huía les gritaba: ¡En cuanto llegue a mi casa, a balazos termino con todos ustedes! ¡Pobres indios, han de saber que desde ahora aquí yo soy el que manda!

Atraídos por el alboroto, hombres y mujeres comenzaron a salir de sus casas y al enterarse del delito cometido en agravio de la niña Engracia, decidieron lincharlo. Cuentan que al perseguirlo trepo a una peña grande que había ya cerca de la plaza, desde donde trataba de defenderse con su machete aun cuando le llovían las piedras por todos lados.

Fue entonces que llego “el hombre que en su caballo negro regresaba de sus faenas, y al enterarse del ultraje cometido en agravio de su amada hija, se llego hasta la escena que estábamos presenciando, y remanando su caballo alzo la mano y dijo: -Quietos todos, esto es asunto mío.

Después, ampliando la laza de la reata de lazar que ya tenía en la diestra, la lanzo sobre el sujeto que permanecía en la peña, quien aunque trato de desviarla con su machete, no lo logro, y quedo asido por la cintura. De un tirón le derribo. Tensó la reata en la cabeza de la silla, y arranco el caballo calle abajo como si regresara a La Hacienda. Los gritos desesperados de aquel  sujeto se perdieron en la oscuridad  de la noche, para volverse a escuchar junto con el galope del caballo que regresaba por la calle de abajo. Retazos de su ropa se había  ido quedando atorada en los órganos espinosos de los corrales, y sus gritos lastimeros herían la noche y hacia temblar a los asustados vecinos, que sabían que ahora su cuerpo se iba despellejando entre las piedras del camino.
 
El hombre dio vuelta en la calle que hoy conocemos como  Corregidora, y enfilo a Panteón Viejo, para arrojar allá los despojos del verdugo de su hija. Dicen que a medio camino en unas raíces que sobresalían, se había atorado y desprendido la cabeza del muerto, y que al día siguiente, alguien la ensartó en una vara y luego fue a clavar la estaca cerca del cadáver.

No se cual sería nuestra reacción ni como actuaríamos ante un hecho semejante. Ellos optaron por callar. Aquella gente se lleno de asombro, de susto, nadie imagino un desenlace tan macabro, de su participación se horrorizaron y enmudecieron. Nadie recrimino. Nadie le hecho en cara a “el hombre” su forma de hacerse justicia, solo callaron.

Los que representaban la Autoridad también callaron, prefirieron no intervenir y es probable que tampoco se levantara nota del suceso. El cuerpo o lo que quedaba de él nadie fue a darle sepultura y desde aquella noche ya nadie quería ni siquiera acercarse por aquel lugar.

Se cuenta que en las noches obscuras y lluviosas, el caballo negro se ponía nervioso y le oían resoplar y relinchar tironeándose bajo el mezquite donde le tenían amarrado, y cuando lograba soltarse recorría al galope entre relámpagos y truenos las obscuras calles del pueblo, y la gente atemorizada creía escuchar de nuevo los gritos lastimeros de aquella noche, cuando el arrastrado se iba despellejando entre las piedras del camino.

Desde entonces, cuando alguien perdía un familiar o amigo, ya nadie quiso que fuera enterrado en ese lugar, porque no estuviera cerca del arrastrado, y se pensó en buscar otro lugar apropiado para hacer un nuevo panteón. Es verdad que en lo del nuevo panteón hubo razones de carácter social y político que sí se hicieron constar, y aunque la principal se quiso ocultar, nuestros abuelos la seguían contando.

En este tiempo se acuñaron frases que por muchos años fueron muy usadas, principalmente por mujeres maltratadas o que sufrían un desengaño amoroso: ¡Arrastrado! ¡Mereces irte con el arrastrado! ¡Ojalá y te llevaran con el arrastrado!.

¿Y la niña Engracia?

Sufrió un trauma tan profundo que aunque gracias a los cuidados y atenciones que se esmeraron en  prodigarle   sus amigas y vecinas pudo sanar de las heridas de su cuerpo.

 La herida de su alma nunca sano. Ya nadie la vio sonreír, nadie la vio jugar, y nadie la oyó cantar, ni con su ramo de flores ir al templo.

Un atardecer los vecinos vieron que “el hombre” saco de su cabaña solo un morral, lo colgó de la silla del caballo, monto a su hija y subiendo en ancas ... se fueron del pueblo

 

Fin